Epí

Nuestro silencio ya acuña palabras: ¡Vaya que crecen rápido!
Ayer y hoy se han conocido; sin dormir los días alargan.
Para las 11:30 me senté a pensar en ti deliberadamente:

Te imaginé sonriendo y escondí el sol en mi pecho. Te imaginé, también, en tu casa, al término de haber dado clases en la primera noche después de tu viaje. Te imaginé habiendo aprendido algo interesante, habiendo reído y habiendo sido tú, más tú que nadie, con tu inasible esencia esparcida en tus típicos vocablos. Te imaginé, quizá (y sabemos que quizá no es nunca sino siempre; no es tal vez sino exactamente), hablando conmigo, brindándome tu existir. Espero ahora duermas cual bebé acunada en cariño. También que te hayan dicho lo hermosa que te ves cuando caminas, moviendo suavemente tus pies que trazan ritmo y demandan espera. Que hayas comido, por favor, de la mejor manera, y los dulces se encontraran en tu manos, y la vida no se acabara en tu boca. Así espero estés soñando, extendiendo esos cielos que llevas por alas. Ojalá también me pienses, y recuerdes que yo no dejaré de hacerlo; que te quiero, sin motivo alguno más que saberte existiendo.

Ojalá no me hables, porque ya te he perdonado.
Ojalá no te escuches, porque ya me he disculpado.

Aquí mi boca encuentra tu frente,
Aquí mi mano acaricia tu pelo,
Aquí mi corazón se vuelve un velo,
Aquí te cobijo y me desvelo.

Te quiere, te adora; te quiere y te adora,
A ti y al mundo partido

Ricardo

P.D.

Aquí te olvidamos.
Aquí nos despido.
Allí y ahí extinguimos.

 

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