Relato Vacacional

Abrí la puerta de la manera más lenta posible. Anhelaba encontrar a mi familia dentro, pero temía encontrarlos también. En el cuarto se encontraban casi todos. Mi madre al fondo sentada frente a un tocador, arreglando su cabello. Mi hermana sentada en la cama, desconcertada observando su celular. Mi pequeño hermano, Iván, ansioso buscando entre maletas un par de audífonos. No los encontró. “Iré al coche a buscar unos audífonos”, decía al aire mientras se acercaba a la puerta. “Trae los regalos y las cosas que faltaron” recordó mi madre. Se acercó a la puerta, en la cual me recargaba y obstruía. Me miró extrañado. “Qué tienes” demandó. Lo miré fijamente “Nada. Espera. No puedes… Nadie puede salir” le respondí, “Tráeme la silla junto al buro, la pesada”, ordené. La coloqué junto a la puerta y nos acercamos al centro de la habitación, entre mi hermana y madre.

“Oye, qué onda con el vídeo que acabas de publicar”, preguntó mi hermana  “¿Qué hacían esas personas? ¿Lo acabas de grabar?” “Hace menos de una hora”, respondí. Nuestro cuarto de hotel quedaba a pocas cuadras de la playa. “Algo acaba de suceder. Tampoco entendí qué estaba pasando; la gente parecía estar perdida, tenían una mirada vacía, y se atacaban entre sí. Incluso los niños corrían unos tras otros. Nadie hablaba. Solo gritaban y aullaban. Me pareció que publicar el video era lo correcto.” “¿Y tú dónde estabas?”, interrogó mi hermana. “En la terraza de un hotel aledaño. Regresé aquí en cuanto pude”, repliqué.

“Hijo, seguramente era un evento o show de los que hacen aquí. Todo debe haber sido actuado” intervino mi madre desde el tocador junto a la ventana. Antes de poder responderle, mi hermano menor ya estaba mostrándole el video. “Nada como eso pudo haber sido ensayado, mucho menos falso”, dije. “Iván, regresa a la puerta; sube a la silla y vigila por la mirilla. No abras a nadie.” Entonces me acerqué a la ventana. Estábamos en el tercer piso de un hotel lejos de la playa, sin balcones. Pedí a mi hermana que apagara la luz, la tarde se extinguía y era mejor no resaltar entre habitaciones. Mi madre encendía una vela.

“Camino aquí vi otros accidentes. No había lugar que pareciera seguro. Este cuarto tampoco lo será por mucho” expliqué a mi madre y hermanos. “Pero tenemos comida, y agua, y electricidad. Esto es un hotel basto y grande” alegó mi madre. “¡Pero no lo suficiente! No podremos escondernos de todos. Todas las guías de supervivencia lo dicen: debes seguir moviéndote. Creo que ahora es el me…”. Una luz entraba a la habitación a la vez que se abría la puerta. “¡Iván!”, gritamos juntos. Él estaba junto a la puerta ahora completamente abierta. La luz de aquel corredor lleno de números sobre puertas inundaba el pasillo entre nosotros y nuestro hermano mayor, quien estaba fuera del cuarto. Él dormía en la habitación contigua. “¡Rápido, entra!”, ordenó Iván. “¡Hijo, hijo, ven!”; “Por qué tan obscuro; qué pasó”, preguntaba al entrar. “Ellas te explicarán” respondí mientras buscaba en las maletas. “¿Donde están la radio portátil y mis cosas!”, exigí. “En el coche. Iván iría por ellas”, contestaron. “Iván”, llamé “¡Iván!” No respondía.

Noté que la luz del pasillo aún iluminaba parte de la habitación. El silencio invadió el cuarto en un segundo. Mi visión se había ajustado a la obscuridad y pude verlos callados apuntando hacia el pasillo, señalando que no hiciese ruido. Una mujer joven en vestido rojo y blanco, zapatillas arrastrando en sus tobillos, la cara cubierta en sangre y ojos eternamente perdidos estaba en la puerta. Parecía que no podía distinguir en la oscuridad, pero se guiaba por el ruido. Siguió avanzando, pero algo le impedía el paso. La silla seguía junto a la puerta, entre ella e Iván, quien parecía no poder moverse. La empujaba y casi la había movido a un lado… Un trote, veloz y rotundo, interrumpió el silencio, mi hermano y yo corríamos a la puerta. La embestimos. Calló en corredor, nosotros aún dentro del cuarto. Pese a haberse herido la pierna izquierda seriamente al caer comenzaba a levantarse, y se arrojó hacía nosotros. Cerramos la puerta, reforzándola ahora con nuestras espaldas. Golpe tras golpe resonaba en la habitación. Comenzó a gruñir y aullar; entonces recordé cómo el grito de uno de ellos había atraído a muchos más en la playa, cuando un par de niños sollozaban al ver a su padre bajo la que se formaba como una violenta y enfurecida multitud. Mi hermano mayor me había dejado en la puerta para traer el sofá y bloquear la entrada, pero a través de la puerta ya podía escuchar el eco de aullidos lejanos, la estridencia de otras voces pidiendo auxilio, y el barullo de una marcha inminente.

“Iván… Iván… abre la ventana”.

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