Legado

Paseaba por las calles largas, amplias y limpias de una ciudad muy blanca y moderna –dudo que en realidad exista, pues sus edificios altos parecían hechos de nubes–. Parecía que esperaba algo, aunque no sabía qué, y había decidido hacerlo mientras caminaba. No paraba de asombrarme la ciudad, y seguía andando. Entonces recibía una llamada, la cual respondí curioso:

-¿Hola?
-Hola, ¿Ricardo?
-Sí, dígame.
-Ya está listo todo, puede pasar cuando guste.
– ¡Qué bien!… Pero, ¿qué está listo?
-Lo esperamos en el hospital.

La voz en el teléfono se había ido y yo seguía pensando qué era aquello que debía hacer. “¿Hospital?… ¿acaso olvidé algo?… “No sé siquiera a qué hospital se refería. Intentaba resolver, mirando al suelo, como si el pavimento fuese a responder.

Seguí caminando, logré tres pasos y escuché “A tu derecha.”, y volteé para encontrar –oh sorpresa– un hospital. Era moderno, gigante, impresionante, de color plateado, como si forrado de acero. Observé el suelo nuevamente, dudoso…

Me dirigí a la entrada, seguro de que ese debía ser el hospital, y movido por la intriga de saber lo que esperaba. Pasé dos puertas de cristal para encontrar a una enfermera. “Por aquí, señor” dijo, indicándome le siguiera. “Vamos”, respondí. La seguí por un pasillo y me llevó a la incubadora, a observar bebés a través de un cristal, naturalmente. Conversamos:
“El suyo es el más lindo”, comentó con calidez. “¿Ya está listo?”, preguntó.
“Cómo saberlo” contesté.

Salía del edificio con una nueva persona, cargada en brazos. Me acompañaban un sin fin de  preguntas y una sonrisa. “Bueno, no fue tan difícil como pensaba”, me decía mientras caminaba sin rumbo, “unos pañales, escuela, y pronto habrá crecido.” Me detuve a observarlo: pequeño y dormido, incómodo… había olvidado cobijarlo.

“Cobija, cobija, ¡cobija!… ¿dònde?” Avanzaba por las calles, esperando encontrar una tienda de cobijas para bebés con frío. No había. Avancé un poco y encontré una guardería infantil, de color indistinto, y entré ansioso. Para mi suerte, la primera puerta que por la que pasé leía: -Equipamiento Para Bebé-. Entré, y entre un sinfín de objetos coloridos, fórmulas de leche y cosas suaves encontré una pila de cobijas. Tomé tres y las extendí sobre una mesa, una sobre otra, y lo recosté para envolverlo. Su calma y contento me causaron una satisfacción y una seguridad inmensas.

Había sido una tarde agitada, y finalmente estábamos en casa, en mi cuarto. “Te puedes quedar aquí”, le decía, mostrándole la habitación, “la verdad no sabía que ibas a venir, pero creo que tengo ropa que te queda, y la cama es bastante amplia.”, y él se limitaba a escuchar. Lo recosté sobre la cama, “Mira, esto te debe quedar.”, dije mientras buscaba en un closet, del que saqué un traje formal negro, pequeño como su tamaño, hecho de algún tipo de tela elegante y suave a la vez. “La corbata y… listo. Ahora estás preparado para la vida; ¿te sientes mayor?”, pregunté al terminar de vestirlo, y él balbuceaba. “Bueno, puedes dormir si quieres, yo… yo aún debo terminar de enviar unos correos.” le avisé, pero él me miraba incrédulo. “Está bien… jugaré una partida, o dos… ¿quieres ver?”, y él balbuceó.

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